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LUGARES QUE TE DEPARA LA REUMATOLOGÍA: SAN SEBASTIÁN

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Hace años que la Reumatología me deparo conocer esta ciudad. Fue un Congreso solariego y familiar de la vieja guardia de la Reumatología, cuando yo era un rodado pipiolo. Ya no tiene memoria la SER, pues ni en su histórico de congresos de su web aparece este Congreso ancestral. Muchas anécdotas y buenas vivencias de un efebo reumatólogo, que aunque vengan al caso, serían largo de contar en un espacio tan corto.

Era un tiempo en que se empezaba a tomar conciencia de la osteoporosis y vendían calcitoninas. Sonado fue el “Salmonero” un establecimiento a las orillas de la Concha con forma de barco, arrendado por Hubber, quien comercializaba Calcitonina de Salmón y, en el que servían cava y exquisiteces al fatigado congresista a cualquier hora del día.

Este fin de semana, se ha celebrado el VIII Simposio sobre Artritis Reumatoide, organizado por la SER. Me he desplazado contemplando la ruta. He puesto un gesto abierto y amistoso para reencontrarme con los recuerdos de aquella Doností que brindo aquel ancestral Congreso.

Una semana antes de llegar, me fui preparando, comencé realizando los necesarios ejercicios espirituales que se requieren para ir llegando poco a poco a San Sebastián. La curiosidad del niño que llevo dentro, y el reparo de lo nuevo, me tocaban en la testa. Iba a ver la ciudad bajo un distinto escenario, otra edad y otras circunstancias. Esto me ha ocurrido en otras ciudades que he visitado. Pero mi mente estaba embarcada en una nave inequívocamente preparada para recibir cosas nuevas, aprender de ellas y apreciar esos otros matices que no hubiera vivido en mi anterior viaje.

Mientras me movía desde mí Málaga, la ilusión me sostenía; cuando aterrice en la ciudad, sabía que tenía que enfrentarme a unas duras jornadas en las que se combinaba ciencia, arte y amigos que no siempre aciertan con la forma de hacerlo.

La Reunión empezaba bien, pues aunque soy persona adaptable y, sin exigencias. Uno agradece los detalles. Me alojaba en el Hotel Londres, un gran transatlántico de más de 100 años, encallado en las arenas de la playa de la Concha. Un Hotel encantador, en él que brilló la Belle Epoque y, los bailes alocados del swing de los años 30 y el lindy hop de los 40. Este hotel combina de forma airosa las más modernas instalaciones de la hostería con un perfil romántico y seductor. En sus blandos y cómodos almohadones, soñé que esos años, una amplia orquesta, con armonía sostenida alegraba el ambiente de sus salones. Y yo, me lo pasaba genial bailando el vernacular jazz y sobre todo, el lindy hop.

Días luminosos los que nos han tocado. Un “veroño” que no había conocido antes. Mientras paseaba en chanclas por la playa de la concha, algunos mataban moscas con la bufanda y, yo dudaba si tomarme un helado de castañas o unas migas en uno de los elegantes chiringuitos dispuestos en el borde de la Bahía.

Una apacible tarde invitaba al paseo y a rememorar lugares exquisitamente conservados. Hay quién se regaló un café con pastas en “la terraza del swing”, desde donde avistar a los viandantes de la pasarela de la Concha. Un local en la que se puede comprobar que Doností, no es una ciudad cara.

También las noches fueron agradables a pesar de estar en el norte. Una brisa refrescante acompañaba durante el paseo hacia el “Ni Neu”. Un local donde uno puede empezar y terminar a la luz del crepúsculo, si es un fatigado viajero y al día siguiente tiene que trabajar. Un sitio con ambiciones de elegante disco-club, donde se dispensan cenas pantagruélicas, que hacen terminar a más de uno con el buche lleno como una gaita y emitir sonidos de bazuqueo que compiten con el murmullo de la retirada de la marea.

Jornada laboral en festivo, dulcificada con unos pintxos en los aledaños del mercado. Allí el visitante, puede perderse en locales que compiten entre sí por agasajar tanto al glotón como al refinado sibarita. Una gastronomía cuya base es la buena materia prima y la sencillez del tratamiento culinario. Una gastronomía de élite la que se puede disfrutar, y en donde tuve ocasión de selfiearme con mi admirado José Mari Arzak. El descubrimiento de uno de sus platos, resulta más interesante que el descubrimiento de una nueva estrella en nuestra Galaxia. Él te puede enseñar a diferenciar en un guiso, el sabor del muslo de un ave de la pata derecha del de su izquierda. Simpático y agradable, este José Mari.

Me queda tan solo contaros mi paso por la taberna museo del wisky. Un lugar como mínimo curioso y sorprendente. Algunos de mis amigos, pasaron de largo, al ver un público mayoritario, que rebasaba la media de esperanza de vida de la población española. Me atrajo de este local su arquitectura con retoques de cabaret. Su patina de notas noctambulas. Un lugar para recordar, donde se goza aunque no quiera. En los bajos del local, tocan música de los 70-90 que intercalan con pases de música en directo. Una pequeña pista, al lado del escenario donde se bailan ritmos alocados para la edad de los bailongos. Si quieres bailar, ten cuidado de no romper ninguna cadera. Al contrario que la mayoría de estos locales, en los que predomina el segmento masculino, este es del dominio femenino. Dos mujeres por cada hombre. El bailoteo inicialmente es tímido, tan solo de féminas. Los varones de esta región no están dotados del cromosoma del swing. Hombres tímidos que anteponen la barra del bar al baile. Por cierto, la barra de esta taberna, es un pupitre en la que se aprende historia mientras se habla con quién está a tu lado esperando a que te sirvan. Un lugar que permite a quienes lo visitan, un subidón de endorfinas, por las risas, lo participativo del grupo y lo saludable de sus ritmos. Si esto no es cierto, preguntadle a Celso o a Juan. La próxima vez, que el reuma nos pillé confesados…

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